Sonará viejo, pero nuestras biografías están jalonadas de unos pocos mundiales que ordenan los recuerdos de cada época. Viví el '62 muy niño en la casa del Pelao, la única tele del barrio; sólo recuerdo el puñete de Leonel tumbando a un italiano y la proeza de Eladio batiendo al legendario Yashin en Arica.
Éramos un país pobre, con mucho espíritu de lucha; nuestro fútbol, ídem. Inglaterra '66 estaba tan lejos que sólo recuerdo las sorpresas de ver a Corea también jugando y a Pelé opacado por Eusebio.
Alemania '74 fue el Mundial del Golpe, la URSS que no vino a cobrar su revancha, las dos Alemanias confabuladas contra Chile y hasta la lluvia conspirando contra un equipo brillante de colocolinos tristes de representar a un país partido en dos y completamente aislado del mundo.
España '82 era el triunfo del modelo chileno, que lo medía todo por sus resultados, distractores de recesiones y represión, el que daba vuelta la espalda al pueblo y a su manera de ser y jugar, el que se autoproclamaba de los mejores del mundo antes de ser humillado por Alemania de verdad desarrollada y Argelia orgullosamente subdesarrollada. Quedarán para siempre la resistencia de Caszely que no pudo censurar TVN y la patriada de Moscoso que hizo revivir en un gol la libertad y el goce del fútbol chileno.
Las eliminatorias del '90 fueron la bancarrota del neoliberalismo, la crueldad del mercado llevada al fútbol, la quema de los valores más caros en el altar del éxito cueste lo que cueste.
Las eliminatorias del '90 fueron la bancarrota del neoliberalismo, la crueldad del mercado llevada al fútbol, la quema de los valores más caros en el altar del éxito cueste lo que cueste.
Francia '98 fue el regreso de la democracia al fútbol, ahora globalizado, penetrando hasta el último de los rincones; también el reencuentro con la otra mitad que estaba afuera, y junto a los viajeros nos hicieron jugar de local en Burdeos y St. Etienne, y aunque no ganamos ningún encuentro, caímos en octavos haciendo goles, volvimos a ser un país querido y nadie podrá olvidar jamás el sacrificio de Zamorano y la furia goleadora de Salas.
Sin importar el resultado final de Sudáfrica, Bielsa nos reencontró con el país que somos, el de las madres solteras, el de los jóvenes humildes que salen a comerse el mundo, el del amor al pueblo y no sólo a la bandera, el de la solidaridad colectiva por sobre el alarde individual, el del compromiso y la dignidad, el que no da partido ni pelota por perdidos, el que juega afuera con igual pachorra que adentro, el de un fútbol que busca anticipar el país que queremos: justo, alegre, democrático, con identidad y orgulloso de su diversidad.
Para Tejemedios
Pepe Auth Stewart
Sociólogo y Diputado